Compartimos, junto con Piero Cipriano, la idea de que el uso de la contención está íntimamente ligado a la lógica manicomial, la cual no se limita solo a las antiguas instituciones del manicomio -presuntamente eliminadas- sino a la forma de pensar sobre las personas que puede generarse y se genera también en los actuales servicios de salud mental. Mientras exista esta lógica manicomial, se justificará por algunos la práctica de atar personas en las instituciones.

Reproducimos a continuación el capítulo 18 del libro de Cipriano «El manicomio químico«, con la intención de contribuir a la reflexión sobre el cambio urgente que necesita la atenciónen salud mental.

En un departamento psiquiátrico italiano, un SPDC indefinido, un hombre que ha sido atado a la cama, con cuatro correas, porque ha decidido que debe salir a toda costa del pabellón blindado. Incluso atado (nadie entiende cómo pudo), consigue prender fuego a las correas e incendiar la cama. Por suerte, los enfermeros se dan cuenta enseguida de las llamas y le salvan del auto de fe. Los médicos, en las largas discusiones y los brainstorming dedicados al evento crítico, deciden que ese gesto es la confirmación de que el enfermo es indomable, por lo tanto atarle fue lo correcto. Se autoabsuelven, como es habitual, convenciéndose de que se trata de la prueba ulterior de que atar, a veces, es inevitable. Ni toman en consideración que, además de las cuatro extremidades, hubieran debido si no registrarle, que no es correcto violar la privacy de un enfermo, al menos atar, una por una, las diez falanges de sus manos.

Demos un paso atrás.

Un día de agosto de 2013, en un SPDC de la región Lazio, un hombre de cincuenta y siete años, atado a la cama, hizo el mismo gesto. Intentó liberarse, prendiendo fuego a las correas. En su caso, sin embargo, al contrario del hombre descrito arriba, nadie se dio cuenta a tiempo de que el individuo atado, ya que era peligroso para los demás, mientras tanto se había vuelto peligroso incluso para sí mismo, y se había transformado en una antorcha, ardía como uno de los Cuatro Fantásticos, no sé si acabará siendo un superhéroe vivo y deforme o bien morirá , no sé si este hombre se volverá uno de los mártires de la psiquiatría en general, y de la contención en particular, y si su nombre se unirá a aquellos de Franco Mastrogiovanni y Giuseppe Casu, y si su sacrificio servirá para poner finalmente fuera de ley esta costumbre de atar las personas y no solo en los departamento psiquiátricos.

Demos otro paso atrás.

Durante la primavera de 2013, un SPDC de Roma fue cerrado porque se quemó, por culpa de un ingresado mental que fumaba. Casi todos los pacientes mentales fuman. Parece ser que la nicotina reduce los efectos de los psicofármacos. Se defienden como buenamente pueden, al fin y al cabo. En suma, están cerrando uno tras otro los SPDC del Lazio, por culpa del fuego. Por autocombustión.

El paciente que he descrito al comienzo era epiléptico. Desde luego, podríamos cuestionar que un paciente epiléptico sea ingresado en un departamento psiquiátrico, pues en este caso padecía una epilepsia con síntomas psiquiátricos. En todo caso, básicamente era un enfermo de epilepsia, es decir que padecía un trastorno neurológico. La diferencia entre neurología y psiquiatría sigue siendo esta: en la neurología hay un cerebro roto, mientras que en la psiquiatría no. El que luego los psiquiatras quieran a toda costa improvisarse neurólogos y contar al mundo que también sus esquizofrénicos o deprimidos tienen un cerebro roto, es otro discurso. De todas formas, el ingresado epiléptico que se hallaba por error en SPDC, no aceptaba razones y quería salir como fuera. La tarde anterior, pocas horas después de su ingreso, me había rogado con estas palabras textuales: yo querido compañero comunista, tengo que salir de aquí, ayúdame a salir. No estás bien, le había dicho, estás en Tratamiento Sanitario Obligatorio, tienes que quedarte aquí, y le había suministrado un calmante, que le había tranquilizado, aunque por poco tiempo. En efecto, por la noche cogió una mesilla e intentó romper la puerta (que está siempre cerrada) del pabellón. Solo quería salir. Para nada agresivo. Seguía repitiendo: yo soy pacífico, soy un comunista, solo quiero vivir libre, yo. La psiquiatra ordenó a los enfermeros que le ataran a la cama. Pero él, el epiléptico comunista, tenía un mechero en el bolsillo y, unas horas después, prendió fuego a las correas. Fuego a las correas, no puedo evitar pensar que sería un buen título para cualquier cosa se quiera escribir y no solo de argumento psiquiátrico. El epiléptico comunista tuvo más suerte, sin embargo, que el hombre antorcha del otro SPDC. El sistema antincendios funcionaba y se quedó apagado a golpes de extintor. Compañero, me dijo a la mañana siguiente, cuando le encontré atado y medio chamuscado, no me has ayudado a salir de aquí, ¿qué raza de compañero eres?, tuve que hacerlo, tuve que hacerlo para mi libertad, no podía estar aquí como un preso hospitalario, secuestrado, tuve que prenderle fuego a las correas. Por otro lado, compañero, continuó, si la revolución no la hacemos nosotros los enfermos mentales, ¿quién la va a hacer? Vosotros, vosotros que sois sanos, aun siendo compañeros, razonáis demasiado bien para prender fuego a las correas. Así me dijo, lo juro.

Y ahora quiero escribir sin reparos lo que pienso al respecto. Quiero hacer una especie de… ¿cómo se llama?… testamento biológico. Pienso que si alguien, con la bata blanca, me atara a una cama de hospital, me quedaría con su cara y, en cuanto volviese a ser libre, le buscaría. Obviamente, se trata de una posibilidad bastante remota. Pero, si alguna vez ocurriera, sabiendo cómo soy, mi médico verdugo no lo pasaría bien.

De esto, de este estado de ánimo, que es el estado que me aflora cuando veo a alguien injustamente (siempre es injusto atar a un hombre), comprendo cuán verdaderamente cristianos (ofrecen pacíficamente la otra mejilla) son los pacientes mentales.

Y comprendo también cómo yo no soy cristiano en absoluto.

Resumamos.

Un SPDC de Roma en primavera cerró debido a un incendio provocado por un paciente.

Un SPDC de Lazio está cerrado desde agosto porque un paciente atado prendió fuego a las correas y a sí mismo.

En un SPDC donde he trabajado, un hombre atado intentó quemar las correas, su cama ardió, él salió indemne del incendio, el SPDC no se cerró.

Los SPDC están ardiendo, tal vez muchos se cerrarán por llamas.

¿Cuál es la forma extrema para impedir atar a los pacientes mentales?

Bueno, que muchísimos SPDC sean dispositivos humillantes, no lo estoy descubriendo yo.

Que muchísimos SPDC vayan pareciéndose cada vez más a pequeños manicomios modernos, no lo estoy descubriendo yo.

Que haya que suprimir los manicomios, tanto los grandes como los pequeños, tanto los decaídos como bien cuidados, no soy el primero que lo dice.

El primero fue un tal llamado Franco Basaglia, corría el año 1964. Dijo que «la destrucción del manicomio es urgentemente necesaria, mejor dicho, simplemente obvia». Y de nuevo, en 1978, antes de la aprobación de la ley 180, se declaró en contra del TSO (Tratamiento Sanitario Obligatorio) como de las pequeñas unidades psiquiátricas incluidas en los hospitales generales: en contra del TSO porque podía volverse una especie de encierro sanitario incontrolable en manos de médicos de la vieja guardia (así fue); en contra de los SPDC porque iban a transformarse en pequeños manicomios dentro de los ya ineficientes hospitales civiles (y así fue). Y ahora, ahora que existen, ¿cómo destruirlos? ¿Cómo?

Quemando las naves, como hizo Cortés para conquistar al imperio azteca, destruyendo con el fuego las velas, el timón y las amarras, todo, porque esta nave-manicomio que es la nave de la locura, no puede ser quemada y hundida si no se destruye pieza por pieza; solamente destruyendo todo el barco manicomio, y hundiéndolo, tan solo así esta nave de la locura dejará de navegar. Así dijo ese visionario de Basaglia.

Ahora bien, ya que está claro que la mayoría de los psiquiatras, tradicionales y pesimistas, no está en condición de captarlo, les toca a las víctimas, a los locos, prender fuego a la nave, a las velas, al timón, a los amarres… a las correas. Y esto es lo que hizo el comunista epiléptico.

Compañero doctor: ¡Fuego! ¡Fuego a las correas!