He abierto mi cuenta de redes sociales y descubro en ella que se ha viralizado el post de una psicoterapeuta que ha intentado explicar, desde la práctica de la corriente de las constelaciones familiares, que el hecho de que una adolescente haya sido violada por su padre puede ser interpretado como un sacrificio en el que las relaciones familiares sanarían, así como las improntas que llegan de los ancestros y la sociedad. A continuación, pasé a observar cómo diversos perfiles feministas le han hecho una crítica diciendo que es avalar la violencia sexual hacia las mujeres. Para ello, sin mi sorpresa, se han realizado argumentaciones desde la psicología reconocida por la ciencia en un intento de feministar todo. 

Realmente, me quedo gratamente sorprendida de que las psicólogas feministas denuncien públicamente este tipo de violencias, pues a lo largo de la historia del movimiento de las mujeres, muchas agresiones quedaron impunes en el ámbito privado que supone la consulta. Sin embargo, otras críticas no me gustaron mucho asumiendo mi postura desde un feminismo loco y separatista1

La constante de las mujeres es el padecimiento del dolor y el sufrimiento. Un malestar que nos viene provocado por un mundo que nos desprecia por ser mujeres. Es por ello, por lo que tendemos a acudir a terapia, ante la falta de encontrar significados que se adapten a nuestras vivencias, que nos rescaten. Ojalá hubiera encontrado yo la seguridad y la tranquilidad que me proporciona verme en el feminismo, ¡qué agradecimiento le tengo por haberme ordenado! ¡Por haberme aportado! ¡Por haberme encontrado conmigo misma! Realmente, el feminismo llegó tarde a mi vida. Para ese entonces, yo ya había recorrido e intentado varias alternativas al bullying que había sufrido en la escuela y algunos problemas derivados de la supremacía masculina en el sistema. Hasta ese entonces, yo no había tenido un corpus que me diera una coherencia en la cognoscibilidad del mundo. Que me ampliara los sentidos y extendiera el horizonte que se trazaba ante mis ojos. Desde entonces, todo se ha vuelto más complejo, más amplio y más enriquecedor. 

En ese afán, me topé con la psicología. Creí que iba a alimentar mi alma, cuando realmente empezó a mutilármela. Sin entender a ciencia cierta por qué. Ahora sí lo hago, y con bastante enojo. Realmente, entré en la carrera con la pretensión de poder ayudar y paliar el sufrimiento humano, pues se percibe a las personas que ejercen dicha profesión a que tengan una predisposición a que eso sea así. Ahora sí comprendo que la psicología no es solo una profesión patriarcal como pueden ser las muchísimas que se ofertan en el mundo universitario. Se trata de una institución represiva que está dirigida a estrechar los lazos del control social. Fueron una serie de sucesos de violencia que me acaecieron y me llevaron a estar diagnosticada, viviendo en primera persona todo el entramado que supone el concepto de enfermedad mental como un poder político. 

Pude notar de primera mano, como compañeras y compañeros son hostigados con las prácticas coercitivas que se ejercen en las unidades de salud mental (contenciones mecánicas, obligatoriedad de ingesta de fármacos, aceptación del diagnóstico mental como premisa de estar mejorando, etc.); son algunas de las mismas en las que empecé a entender que sí existe una vulneración de derechos humanos a “pacientes”. Entrecomillo esta palabra, pues la busqué en el diccionario etimológico y señala que paciente es aquel que sufre y aguanta el dolor5. ¿Realmente es ese rol el que queremos para las mujeres? También me lleva a preguntarme si las causas por las que atravesé se dieron por el hecho de soy mujer o son comunes a los hombres. Es por ello, por lo que me dispongo a escribir este artículo. 

  1. Algunos datos epidemiológicos entre mujeres y hombres

Para empezar, busqué tres estudios elaborados por organismos públicos: el PISMA III (por la Junta de Andalucía)3, la Encuesta Nacional de Salud de España (ENSE, por el Instituto Nacional de Estadística -INE- de España, actualizada públicamente con los datos de 2017)4 y el único estudio epidemiológico -financiado por la Unión Europea y las instituciones públicas nacionales- realizado a nivel continental (ESEMeD)5 entre los que se encuentra nuestro país. Seleccioné estas publicaciones por ser precisamente las más cercanas en tiempo a nuestras fechas. 

Viendo los datos arrojados por ESEMeD, una de cada cuatro personas presenta un diagnóstico de salud mental, siendo, según el grupo ESEMeD-España, el doble de probabilidad de que las mujeres sufran un trastorno del estado del ánimo o ansiedad durante los últimos 12 meses previos a la publicación del estudio. Estos datos coinciden, aproximadamente, con los ofrecidos por la ENSE que sitúa la prevalencia de obtener un diagnóstico de una persona por cada diez adultos durante 2017, siendo la proporción de mujeres doble (14,1%) frente a los hombres (7,2%). Además, la ENSE señala que los principales motivos por los que se acude a la consulta general del médico son la depresión y la ansiedad. La ENSE también indica que los principales factores de riesgo son el desempleo, ser mujer y las malas relaciones sociales. 

El PISMA III reconoce que las mujeres suelen recibir más diagnósticos mentales, coincidiendo con los datos anteriores, especialmente de la categoría del estado del ánimo, además de que están claramente relacionados con la división sexual del trabajo, las tareas de cuidado y sin olvidar la violencia de la pareja masculina (p. 25). Me llama especialmente la atención el análisis de datos que ofrece ESEMeD-España sobre la influencia de estar casado en el momento de la intervención, o bien previamente o nunca: influye muy negativamente en estar diagnosticado nunca haber estado casado. Realmente, echo de menos una diferenciación por sexo (y no solo, como explico al final de este párrafo) en esta cuestión. La diferencia de los roles de género que se dan dentro del matrimonio incide en la opresión de las mujeres, mientras que los hombres son los mantenidos. Así que no sabemos muy bien, si esa afirmación de “que nunca haber estado casado es factor de riesgo” afecta más a los hombres o las mujeres.

Además, en el mismo estudio, se enuncia que, en estos últimos cuatro años de investigación, ha habido un aumento de los diagnósticos del estado de ánimo e incremento de antidepresivos y tranquilizantes, especialmente entre mujeres, en contraste con el objetivo general de reducir la medicación. Cabe preguntarse, entonces, como feministas, a qué se debe este aumento y en base a qué criterios, cosa que no se profundiza en dicho documento público. 

 

2. Algunas reflexiones sobre el estado de las mujeres psiquiatrizadas y el feminismo

Mis alertas empiezan a sonar: siendo mayoría mujeres diagnosticadas, ¿puede considerarse la práctica de la psiquiatría y la psicología como una forma de coerción hacia nosotras? ¿en beneficio de quién? ¿se da de la misma forma hacia hombres? ¿o realmente se trata de una ayuda eficaz que debería ser mejorada? Ante la perspectiva del aumento de los trastornos mentales, esto es del sufrimiento, creo que es de vital importancia que la sociedad y los gobiernos empiecen a implicarse de veras en políticas que ayuden a conseguir la tan deseada igualdad. Sin embargo, sospecho que desde un discurso de ayuda y buenismo lo que se instaura es una forma de cronificación y control social hacia las personas que nos implicamos en las políticas y, especialmente, hacia las mujeres. En cuanto a las consecuencias del ser mujer, sí mencionaré algunos ejemplos en los que la práctica de la psiquiatrización es cultural y garantiza el acceso de los varones a las energías económicas, físicas y emocionales nuestras: 

  • Las lesbianas han sido forzadas a violaciones correctivas a lo largo de esta práctica médica para “curar” su homosexualidad cuando esta era considerada enfermedad mental. Aún hoy, sin la excusa de pertenecer ya a ningún epígrafe de sus manuales patologizadores, algunas hemos acudido a los servicios de salud mental porque nos sentíamos “confundidas” acerca de nuestros sentimientos de atracción. 
  • Entre los “síntomas” para diagnosticar está “mantener pocas o nulas relaciones sexuales” para el trastorno depresivo mayor y “posibilidad de promiscuidad” para el trastorno límite de la personalidad. Desde una crítica feminista, las mujeres deberíamos de ser libres de mantener relaciones sexuales como nosotras decidamos.
  • Mantenimiento de la figura de la tutela que lleva a las mujeres, por decisión judicial, a estar en una minoría constante de edad. Creo que esto impide el libre desarrollo de la personalidad y debería estar enfocado a una serie de apoyos que las mujeres queramos decidir cuánto y cómo.
  • Empobrecimiento económico y exclusión laboral por tener diagnóstico, siendo definido como “factor de riesgo” por los estudios anteriormente seleccionados.
  • Negación de las propias interpretaciones sobre sí misma ya que se enunciaría “falta de adherencia al tratamiento” si cuestionan los criterios del profesional.
  • Efectos secundarios de los psicofármacos y padecimiento de adicción. La misma recta de estas drogas es práctica de la cultura del apego a las sustancias.
  • Cronificación y mantenimiento del diagnóstico y casi siempre sin poder eliminarlo del historial (solo a criterio del profesional).
  • Miedo a “recaer” y preocupación por ello, pues el profesional intenta “concienciar y educar” a la “paciente” para que no le vuelva a pasar. Realmente, se debería reconocer que las emociones son cíclicas y cada una y uno tiene una forma de ser y sentir en el mundo.
  • Limitación de la actividad política que se pueda ejercer, cuando realmente, la implicación en los movimientos sociales ayuda a adquirir un sentido de vida y utilidad propia para la sociedad. A mí, personalmente, me han sugerido que la política puede ser una fuente de estrés.
  • Patologización del enojo. Se suele usar el diagnóstico como “explicación”/excusa que desvalida lo que es importante para las mujeres. Nos dicen que tenemos que ser asertivas, esto es, hacernos valer con amabilidad. Señoras, cuando algo me molesta y tengo que “soportar”, “aguantar”, me sale enfadarme y es lo más sano del mundo. La ira ayuda a poner límites claramente y muestra exigencias de que estos han de ser respetados.

Otro aspecto que me parece muy importante es que, tradicionalmente, se ha relegado a la mujer al ámbito de lo privado, a la esfera doméstica. En primer lugar, en analogía, la cultura cuerdista o mentalista valida solo ciertas formas de entender el mundo y dicta comportamientos adecuados -de forma, que los que se salen de la línea, se patologizan. Por ejemplo, escuchar voces sería considerado un síntoma de esquizofrenia, pero ¿qué hay de los que tienen visiones divinas? ¿No podría considerarse también un síntoma de alucinación? La diferencia está en que para uno están reconocidos por una autoridad aceptada por la sociedad, en este caso, la religiosa, y para el otro no. Así, a nosotras se nos impone una dicotomía de nuestro sentir, entre lo que es aceptable mostrar y lo que no. Siguiendo en analogía, como lo que es aceptable mostrar de nuestro cuerpo si queremos desnudarnos en la sociedad frente a las buenas mujeres que se visten de forma recatada. De esta manera, prácticamente todas las mujeres hemos recibido un “¡loca!” cuando hemos expresado opiniones que han podido ir en contra del criterio dominante de un grupo o alguna figura de autoridad, sobre todo, si es un hombre. ¿Quién no ha sentido que debe callar para no ser discriminada dentro de un grupo al hablar de sentires? El mayor trabajo que realizo con mujeres es precisamente ir en la línea todo está bien en ti, en aras de promocionar más la aceptación y autoestima femenina. 

Este hecho cabe materializarse y reforzarse con la aceptación y reconocimiento de las disciplinas psi como ciencias de la salud. Con ellas, se legitima, con el diagnóstico, que la mujer inadecuada debe ser reformada a lo largo de su vida. Aquí señalaré que hay corrientes de la psicología -y de la psicodinámica- que pese, a estar fuera de las llamadas “de la evidencia científica”, realmente refuerzan la idea del control de las mujeres, al igual que las reconocidas por las instituciones. La psiquiatría y la psicología son realmente pseudociencias en todas sus versiones. Las terapias “basadas en la evidencia científica” fomentan el consumo de psicofármacos -con su correspondiente apología a la explotación animal-, además, que, en el dominio privado, suelen suponer un gran desembolso económico. Por otro lado, la medicina y la psicología tienen puntos de vista de trabajo centrados en el individuo cuando sus problemas son sociales. Además, por no mencionar, ese simbolismo tajante de que los problemas emocionales los resolvemos en la privacidad de la consulta, cuando deberíamos de tomar conexión y compromiso de lo que nos pasa, analizarlo desde los enfoques sociales y el feminismo, ponerlo en contexto del modelo capitalista y, probablemente, empecemos a adquirir más perspectiva de las circunstancias. Además, la cultura de la terapia fomenta el dar consejo como única opción. Realmente, ir a terapia supone minar y criticar los propios criterios por los que las personas toman sus decisiones y, por tanto, no se fomenta el espíritu de ser dueñas y dueños de la autonomía personal y el desarrollo de la identidad sin trabas

En el caso de las mujeres psiquiatrizadas se sigue manteniendo este mandato patriarcal de la esfera privada, pues con la pérdida de la autonomía, se entra en que los familiares principales o fundaciones sociales se hagan cargo de ellas. Se las obliga a la adopción perpetua del rol de “paciente”, que es la de ser pasiva y cuidada. De esta forma, no solo repercute a ella misma, sino a los familiares a cargo que, son, en su mayoría, otras mujeres del clan familiar, con las consabidas consecuencias que se pueden encontrar en la extensa literatura sobre el tema, son, sobre todo, enfermar y la sensación de estar quemada. Además, las mujeres psiquiatrizadas también asumirán el rol de cuidar, ya desde la imposición patriarcal. Estar en lo privado, no significa solo estar en casa, sino también encerrada en unidades de salud mental o las cárceles, incluso el matrimonio puede considerarse una cárcel, dados los datos epidemiológicos. Aquí cabe recordar que la mayoría de ingresos penitenciarios se producen por motivos muy diferentes entre hombres y mujeres. El PISMA III menciona una tasa desorbitada de diagnósticos hechos a hombres en comparación a mujeres. Para mí, cabe inferir, que a ellos se les diagnostica más por su vinculación a la delincuencia. De hecho, el propio DSM-V destaca que el trastorno de la personalidad antisocial es mayormente diagnosticado a hombres de clase social baja y que están muy vinculados a la violencia

Por último, mencionaré el suicidio que debería ser definido realmente como una forma de feminicidio, que arrastran a las mujeres a llevar una vida miserable, llena de dolor y sufrimiento. Es por ello por lo que aparecen las conductas autolíticas y suicidas, que no son más que deseos profundos de morir. En este panorama, los profesionales de la salud y familiares se preguntan por mostrar y trabajar en otras alternativas que no sea esta. Sin embargo, ante la nula opción adecuada que se plantea para sanar, así como las graves dificultades que tienen las mujeres para subsistir, ¿por qué se pone el foco sobre nosotras, en que debemos ser nosotras las que cambiemos, las que somos erróneas? ¿No será el sistema el que está podrido? La conducta autolítica se toma como síntoma significativo que sí o sí debe ser tratada bajo estrictos protocolos de prevención que sólo encorsetan aún más la dificultad para respirar y ser libres de las mujeres. Si se quiere ayudar de forma efectiva, se tiene que cuestionar cómo es y ha sido el dominio de los hombres sobre esa “paciente” en cuestión, sobre si las ayudas que se le han brindado han sido suficientes, etc. Ahí, los profesionales psi deberían ser los primeros en mojarse si se dan cuenta de que el sistema no funciona. 

3. CONCLUSIONES Y ALGUNAS PROPUESTAS

Es aquí, ante tanta aberración, donde me planteo qué hacer, ¿es realmente posible seguir adelante y encontrar resquicios de libertad loca? Yo creo que sí. Afortunadamente, en el activismo del feminismo loco en las décadas de la segunda ola, hubo mujeres que no solo escribieron y plasmaron sus experiencias como Kate Millett, sino también nombraron las necesidades de las mujeres psiquiatrizadas como Chamberlin7 . Hay mujeres que aceptan tener un diagnóstico y otras se rebelan ante él. 

  • Compartir experiencias en un grupo de apoyo mutuo exclusivo para mujeres

Sin embargo, podemos tomar el dolor como una fuente para adquirir conciencia política. El dolor adquiere un significado catártico en un grupo de apoyo mutuo. Compartir nuestras experiencias, recibir historias similares y el ejercicio de la escucha y la comprensión, la calidez y el amor entre mujeres, adquiere la dimensión de irnos en paz, de que el dolor se transforma en vida, placer y alimento. 

Para conseguir la transformación del dolor es necesario integrar los mensajes que nos envía el cuerpo, en mi opinión. El dolor es un aviso que nos envía el cuerpo de que algo no va bien. Es en este preciso momento en el que pararnos a escucharnos para respetarnos a nosotras mismas y nuestros procesos. Es una higiene emocional en la que hay que espolvorear todas las telarañas que nos sacuden. También, es momento de escuchar a nuestras amigas, hermanas y madres. Aprovecharé aquí, para decir, que tus percepciones, tus intuiciones, etc. son una manifestación de tu inteligencia. No necesitas ponerlas en conocimiento del psi que, muy probablemente, las cuestiones en aras de curarte.

  • Las mujeres y las actividades de cuidado

En este punto, entre mujeres, es donde aparece el cuidado. ¿Qué entendemos por cuidar las mujeres? Yo creo que puede definirse como todas aquellas tareas que suponen un apoyo a las personas y que posibilitan su desarrollo positivo, siempre que sea consensuado para ambas partes, generando más opciones más allá que el patriarcado nos ofrece solo la terapia, por ejemplo, los grupos de apoyo mutuo (GAMs). 

Sin embargo, posiblemente, sea una de las actividades más explotadas por los hombres hacia nosotras en la división sexual del trabajo. Esta es una imposición creada por los hombres, pues desde los conocimientos ancestrales de las mujeres en la época de las brujas, en la que les fueron arrebatados sus conocimientos de medicina y se les fue prohibido tanto el ejercicio como el acceso a la universidad; siendo más tarde la aparición de la figura de la enfermera en tareas de cuidados bajo la supervisión médica masculina. Es un compromiso feminista en devolver esta sabiduría a las mujeres y que ellas puedan ejercerlo. Creo firmemente, que las mujeres blancas debemos fijarnos y agradecer la defensa política que hacen las feministas comunitarias y de los pueblos originarios en la defensa del cuerpo como territorio y el lema “si sanas tú, sano yo. Si sano yo, sanas tú”, para inspirarnos en buscar nuestras propias raíces (sin apropiarnos de su cultura), en la tradición europea, que nos robaron y sobre las que se erigen las actuales ciencias “occidentales”. Volver a las hierbas, a la práctica de la ternura, del reconocimiento de las demás y la transgresión política que supone la sanación. Reconocernos en ellas es asumir que ellas son la fuente de vida y alimento, que son nuestras madres y ancestras. Que tenemos una genealogía, una femilogía. En consecuencia, podría establecerse el continuum con las mujeres que rodean a la afectada, de manera, que ambas puedan iniciar un proceso en el que retroalimentarse mutuamente desde el ser mujer y encontrar la libertad. Reconocernos entre nosotras debe ser el primer paso para exigir y conseguir que la sociedad nos reconozca como parte de la humanidad y no humanas de segunda clase. 

  • Poner de relieve las experiencias comunes de las mujeres

El movimiento feminista ha hecho una labor muy encomiable de reconocer que pese a la diversidad de contextos y situaciones de las mujeres, nuestras experiencias son más bien comunes y pocas diferencias. Lo único que encuentro frente a la diversidad de circunstancias que rodean a los miles de mujeres de la muestra, es que sus experiencias derivan del hecho de ser mujer. Así que sí, la psiquiatría y la psicología sí son formas específicas de violencia hacia las mujeres

Por eso, afirmamos que, al contrario de la distinción privada/pública de nuestra existencia femenina, lo personal es político, de forma que la locura lo-cura y la locura transforma la realidad en la que vivimos. Es en este sentido, tras haber expuesto someramente los datos epidemiológicos de las principales instituciones, ¿qué políticas podemos implementar para disminuir los diagnósticos y el sufrimiento de las personas?, como complementos para mejorar la calidad de vida de las personas. En la misma línea, se expresan los documentos elaborados por la Organización Mundial de la Salud Prevención de los Trastornos Mentales: intervenciones efectivas y opciones políticas 8 y Promoción de la Salud Mental 9, en los que se subraya la necesidad de mejorar la alimentación, la seguridad económica, la protección del acceso a una educación, acceso a la vivienda y fortalecimiento de las redes comunitarias. Creo que las mujeres, tal y como menciona el PISMA III, me llama la atención en que las mujeres y las niñas somos muy proclives a la ayuda prosocial, por eso, creo que entre nosotras podemos crear un caldo de cultivo muy rico para poder implementar políticas y una cultura que vaya en la dirección de aliviar el sufrimiento que existe al vivir en una cultura patriarcal.

POR ESO, ¿A QUÉ ESPERAMOS PARA ORGANIZARNOS?

 

REFERENCIAS

  1. De la locura feminista al “feminismo loco”: Hacia una transformación de las políticas de género en la salud mental contemporánea // Tatiana Castillo Parada – Mad In America Hispanohablante (madinspain.org)
  2. http://etimologias.dechile.net/?paciente
  3. Posibilidad de descargarlo en “Publicación completa”:
    III Plan Integral de Salud Mental 2016-2020 (en revisión) | Servicio Andaluz de Salud (juntadeandalucia.es)
  4. Posibilidad de obtener el PDF pinchando directamente aquí:
    SALUD_MENTAL.pdf (mscbs.gob.es)
  5. Posibilidad de obtener el PDF pinchando directamente aquí: 04 445-451 ORIG 29927 (prbb.org)
  6. Libro DSM-5, manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, año 2018; editorial Panamericana.
  7. https://madinspain.org/descentralizacion-de-los-cuidados-en-salud-
    mental-un-espacio-de-reflexion-belen-pascual-vera/
  8. Microsoft Word – Prevention of mental disorders.doc (who.int)
  9. Microsoft Word – PROMOCION DE SALUD MENTAL.DOC (who.int)

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