El pasado mes de noviembre, la revista Ethical Human Psychology and Psychiatry publicaba una revisión de los estudios existentes sobre eficacia de la terapia electroconvulsiva (TEC) para el tratamiento de la depresión. No vamos a reproducir el artículo íntegro, que se puede leer en versión original aquí, pero sí creemos que merece la pena compartir algunas de sus conclusiones.

La terapia electroconvulsiva (TEC) consiste en atacar al cerebro humano con electricidad con la esperanza de que disminuyan la depresión y otros problemas. Actualmente sigue siendo el tratamiento psiquiátrico más controvertido. Gran parte de la controversia se centra en si la TEC deja como secuelas un mal funcionamiento cerebral y/o si incrementa el riesgo de morir, pero son muy importantes también los debates acerca del análisis coste-beneficio, es decir, aquellos que valoran si los supuestos beneficios de la TEC justifican someterse a un nivel tan alto de riesgo.

La mayoría de los médicos suscriben los principios de la llamada medicina basada en la evidencia, un enfoque que basa la toma de decisiones clínicas en las pruebas científicas existentes, provenientes de investigaciones que se hayan realizado de manera correcta, utilizando datos que hayan sido firmemente establecidos. Se trata de utilizar la mejor evidencia científica disponible para tomar decisiones sobre el cuidado de los pacientes.

Los médicos que se suscriben a estos principios tienden a aceptar que, aunque la toma de decisiones clínica puede basarse en un amplio rango de tipos de conocimiento, el más robusto de todos ellos es el que se basa en los datos extraídos de los ensayos clínicos aleatorizados. En este tipo de estudios, los sujetos a los que se va a investigar se distribuyen aleatoriamente en grupos para conseguir que sean comparables, evitar la interferencia del investigador y garantizar que los resultados estadísticos sean válidos.

En 2010, sólo había 10 estudios de ese tipo para TEC y depresión, y ninguno nuevo desde 1985. Esos 10 estudios habían arrojado evidencias mínimas sobre algunos beneficios temporales de la TEC para una minoría de pacientes mientras duraba el tratamiento, y ninguna evidencia de beneficios más allá del final del tratamiento.

En otras disciplinas médicas, este panorama habría llevado o bien a considerar el tratamiento como ineficaz o, al menos, al desarrollo de más estudios para determinar si el tratamiento en cuestión realmente funciona. Pero este no es el caso de la TEC en psiquiatría. En más de 30 años, no ha habido ningún ensayo clínico (aleatorizado o de otro tipo) sobre si la TEC reduce la depresión. Esto no significa que la TEC se haya dejado de investigar. Hay multitud de estudios que buscan establecer si un tipo determinado de TEC es más efectivo o produce menor disfunción cognitiva que otro, pero todos dan por hecho que la TEC funciona. Sólo dos estudios en los últimos 6 años han hecho un intento explícito de determinar si la TEC funciona, pero eran tan débiles metodológicamente que no han podido responder la cuestión de una manera científicamente significativa. De todos los estudios que han generado datos que podrían significar apoyar la hipótesis de la efectividad de la TEC para la depresión, el 45% no arrojó resultados estadísticamente significativos, el 60% mantuvo la administración de medicación en los pacientes, el 89% no contó con un periodo de seguimiento significativo tras el final del tratamiento, y el 100% carecía de grupo control placebo. Este fracaso continuado a la hora de generar evidencia sería menos preocupante si no existiera, por el contrario, multitud de evidencia  sobre la pérdida de memoria persistente tras la TEC en una gran proporción de pacientes. El análisis coste-beneficio para la TEC es tan pobre que su uso no puede justificarse ni científica ni éticamente.

Para John Read y Chelsea Arnold, autores de esta revisión, el uso continuado de TEC no es consistente con una práctica médica basada en la evidencia. Tal como señalan en su artículo, el uso continuado de TEC representa un fracaso a la hora de introducir los ideales de medicina basada en la evidencia en la psiquiatría. Este fracaso no ha ocurrido solo en el diseño y la ejecución de las investigaciones, sino en el traslado de los resultados de la investigación a la práctica clínica. Parece que hay resistencias en la comunidad pro TEC hacia los datos de la investigación, y quizás también en la psiquiatría general.

A principios de 2016, la FDA (agencia estadounidense encargada de regular los dispositivos médicos, entre otros) estaba recogiendo propuestas para reclasificar la TEC, de Clase III (alto riesgo) a Clase II (riesgo bajo). El 29 de enero de 2016, la presidenta de la Asociación Americana de psiquiatría, la doctora Renée Binder, urgió a los miembros a apoyar estas propuestas y envió cartas para instar al apoyo, que incluían la aserción: “La APA considera la TEC como un tratamiento médico seguro, efectivo y basado en la evidencia”. No recomendaba ninguna investigación, antigua o reciente, que pudieran incluir junto con su apoyo a la propuesta porque, tal como estamos viendo, parece que no hay ninguna.

El uso de la TEC ha ido disminuyendo progresivamente en muchos países. En Inglaterra, por ejemplo, su aplicación ha caído de 159.600 en 1980 a 27.128 en 2006, y hasta 15.000 en 2013. No obstante, se estimaba que con el cambio de siglo, se seguiría aplicando este procedimiento a alrededor de un millón de personas de todo el mundo. Una revisión más reciente de 70 estudios, encontró “gran variación entre continentes, países y regiones en su utilización, rangos y práctica clínica”. Entre los países que más la utilizan se encuentran Australia, Bélgica, Noruega, Suecia y Estados Unidos. En Australia y Texas, el uso de TEC se ha incrementado en los últimos años.

En julio de 2017, se llevó a cabo una actualización de la investigación con nuevos ensayos clínicos que comparaban TEC y placebo para la depresión. Sigue sin haber resultados que apoyen la TEC.

Un enfoque basado en la evidencia para la práctica clínica debería contemplar un rápido descenso en el uso de este procedimiento.

Mientras tanto, no deberíamos olvidar el hecho de que la receptora típica de TEC sigue siendo, como desde hace décadas, una mujer angustiada de más de 50 años.