La sed de los violinistas (y otros biorritmos)

“Presenta usted un cuadro multisintomático, protagonizado por un trastorno ansioso-depresivo que está en la base del resto de trastornos, más auxiliares” murmura sin apenas mirarme a los ojos y pronunciando muy fuerte las “erres” y las “tes” cada vez que dice la palabra trastorno. “Es una depresión de manual”. Suena a sentencia. La pequeña consulta llena de títulos colgados por las paredes me resulta de repente insoportablemente claustrofóbica, y lo único que deseo es salir de ahí cuanto antes. Él alarga la mano para coger un bolígrafo, y me firma un par de recetas que me alarga con generosidad. Sigue sin mirarme a los ojos. “Tómate un par de éstas cada mañana, te irán bien.” Ante mi mirada escéptica, añade con condescendencia. “A tu cerebro le falta serotonina, es un asunto químico. La medicación te ayudará a estar mejor, a reducir la ansiedad, verás que la tristeza desaparece poco a poco”, sonríe como quien habla con un niño de tres años.  Me extiende la mano, dando por finalizada la sesión. “Nos vemos en dos semanas, si necesitas cualquier cosa puedes llamarme aquí, pero las consultas de urgencia las cobro el doble. Son sesenta euros”.

Cojo las recetas, saco el dinero de la cartera, y me dispongo a marcharme de ese lugar hostil con la poca dignidad que me queda. Me detengo justo antes de abrir la puerta del despacho; tengo la desagradable sensación de que una parte de mí se ha quedado dentro, seguramente para siempre. Me dan ganas de decirle que se ha equivocado en el diagnóstico, que yo no tengo ningún cuadro, y mucho menos el trastorno ese del que habla, con tantas “tes” s y tantas “erres”, que lo que a mí me sucede es otra cosa. Que lo que a mí me pasa es que se me resquebraja el alma cada vez que respiro. Me hubiera gustado que él me preguntara cómo es esta tristeza que supuestamente me quitarán estas pastillas azules. Cómo la siento, qué forma tiene. Dónde se ubica en mi cuerpo. Porque entonces le hubiera dicho que no es tristeza. O, al menos, que no es solo tristeza. Le hubiera explicado que…

…es una tristeza a color. A días, con destellos azul celeste, como la brisa marina en los pueblos de la costa, o como la decepción marcada en los ojos de mi padre. Gélida, eléctrica, estremecedora, con esa capacidad de helarte la sangre y hacer explotar una a una todas las venas del cuerpo. Húmeda. Mojada y mojable. Efervescente, eléctrica. Otros días, al contrario, adquiere tonos más rojizos, casi granates, como las hojas caídas cubriendo los prados en otoño. Entonces toda ella se vuelve árida, yerma, estéril. Dura como la arcilla cuando se seca, caliente como los pasos tras la arena del desierto.

Es una tristeza inconmensurable, ilimitada en sus dimensiones, imprecisa en su valor, imposible de medir siguiendo los parámetros de las ciencias humanas. A días ligera, flexible, liviana. Pegajosa como un chicle en la suela de un zapato; elástica como una prótesis de silicona, viscosa como la gelatina contoneándose en un plato de postre. Otros días, en cambio, es una tristeza grávida, de mercurio o plomo, o cualquier otro metal pesado que cargo sobre la espalda como puedo, y que hace que me pesen los días como a la última sílaba de una esdrújula le pesa sostener la tilde. En esos momentos, es una tristeza incandescente, donde luz y calor se juntan emitiendo un dolor electromagnético.

Es un malestar con olor propio, pero no sabría describir su aroma, que es una mezcla imposible entre añoranza, caos y confusión. Huele como huelen las ausencias, a café recién hecho, a hierba mojada y a tabaco negro. Pero también desprende un hedor a miedo, a ese terror atroz a perderlo todo que impregna el hocico de un perro obligándolo a atacar. Respecto a su sabor, diría que se trata de una tristeza agridulce, que deja regusto a limón y a canela. A momentos predomina la parte ácida, y a otros momentos la dulce. No sé cuál de las dos prefiero.

Es una tristeza que, como el agua, puede presentarse en cualquiera de los tres estados. Por las mañanas la siento tan real como un libro o una mesa que puedo palpar, entonces me acerco para agarrarla y me quema como si tocara hielo glacial sin guantes. Por las tardes se derrite, y oigo su chapoteo en mi memoria, las burbujas de sus olas donde inevitablemente me ahogo cada vez que el sol se esconde. Regreso del naufragio ya por la noche, cuando el reloj marca las diez y se cierra la puerta. Entonces sus moléculas se separan, y como el aire de un globo cuando lo pinchas, el dolor se dispersa e inunda toda la habitación. Lo abarca todo. Respiro y se mete en mis pulmones, y es así como mi cuerpo, con el brillo de la luna, se vuelve humo.

Respecto a su procedencia, se trata de una melancolía extranjera, foránea, aunque no sabría decir exactamente de dónde. Sobria, recta, irónica. Quizás belga, aunque con el regusto de una elegancia que solo puede ser por influencia francesa. Europea, sin duda, diplomática, folclórica. Pero una parte del dolor la siento con más rabia, con más contundencia…es una tristeza más del Este… quizás…¿soviética?¿húngara?… No me atrevería a afirmarlo. La verdad es que es una tristeza inquieta y bastante trotamundos, que en su constante moverse se ha empapado de otras tristezas, de otros sentires, de otros llorares. Ha conocido penas de muchos lugares y dialectos, cada uno con su geografía particular para sufrir. ¡Qué duda cabe de que es una tristeza viajada!

Respecto a la forma, es un dolor que siempre sentí en forma triangular porque las mejores cosas del mundo siempre tienen tres lados: las pirámides de los egipcios, el tipi de los indios, el árbol de navidad, la mano de una estrella. Pasado, presente, futuro. Mañana. Tarde. Noche. Eso era, sí, un dolor de tres lados y tres ángulos. Y aunque en un primer momento lo identifiqué como un triángulo equilátero, por esa deliciosa certeza que caracteriza las cosas regulares, ha demostrado ser más tirando a isósceles. Las pulsiones de la vida, la promesa de la muerte. Y luego yo, una línea recta casi borrada sin fuerza para sostener la fuerza de ambos ángulos. Casi vencida, en esta geometría de las penas. Casi vencida, pero sin estarlo del todo, y es que sólo hay una cosa peor que estar muerta, y es no estarlo cuando tampoco estás viva. Una tristeza que me obliga a no-estar, a des-estar, pero sin permitirme realmente desaparecer.

Es un malestar que nació en mi estómago, se expandió al hígado, y que ahora presenta metástasis en el corazón. Las células tumorales del dolor no paran de expandirse por todos y cada uno de los rincones de mi cuerpo, enturbiando la totalidad de mi anatomía. Dicen que no es posible quimioterapia, sólo pastillas azules que regulen los niveles de serotonina en el cerebro, pastillas de las que usted me habla. Afirman que me tranquilice, que no es un cáncer, pero yo me pregunto cómo puede no serlo cuando estas células malignas se extienden por todo mi cuerpo con tal rapidez, y me mordisquea por dentro hasta convertirme en polvo. Pero la oncología de los llantos, en la Era Moderna, se la conoce como Psiquiatría y se paga a sesenta euros la sesión.

Es una tristeza superlativa, como la nariz de Luis de Góngora, como la impertinencia de Quevedo. Una “Supertristeza”, una “Hipertristeza”, con todos sus “–ísimos” y sus                        “-érrimos” inscritos en la composición química de cada lágrima que fabrica. Una pena que corroe, que escuece, que carcome mordisco a mordisco el recipiente de cristal donde se esconde el alma. Es una tristeza revoltosa, ruidosa, a veces roza lo impertinente. Contestona y preguntona. Insumisa. Aunque la prefiero así que cuando me condena durante días al silencio y al mutismo. A la nada. Es una tristeza impuntual, abrupta, que llega siempre a destiempo en el calendario de los dolores.

Es una tristeza que ni siquiera tengo claro que sea exactamente tristeza. A momentos la siento más como angustia, como una desazón, como un nudo en la garganta que me impide tragar saliva. Otras veces, se transforma en rabia, en amargura, en desconsuelo, en la urgencia de un quebranto. En ocasiones, es simplemente dolor, un pesar titánico y ya está, una pena muy grande instalada en el centro del corazón. Pero a veces, tiene una vertiente romántica, más poética, como quien sufre pero a la sombra de un violin. Entonces se siente más como una melancolía, una dulce nostalgia, la congoja de un sufrimiento que se ha instalado en ti, y te preguntas son ternura cuándo se irá. Dice el diccionario que todas estas palabras son sinónimas de tristeza, pero yo creo que hay muchas tristezas diferentes, y muchas maneras de llamarlas y que más que tendríamos que inventar. Porque la creencia de que existen palabras sinónimas que pueden usarse indistintamente unas por otras es la mayor mentira contada en las paredes de las aulas de primaria: no hay tristezas sinónimas. Si existen dos palabras para designar una misma realidad, es porque no designan exactamente la misma realidad, es porque no desempeñan el mismo papel en la lingüística de los sinsabores.

Así que no, doctor, no es un cuadro multisintomático, no es un trastorno depresivo, y desde luego que no es “una tristeza y ya está”. Es una pena que puedo ver, que puedo tocar, que puedo oler. Una pena que me hubiera encantado describir, enumerar sus múltiples características, sólo con que usted me hubiera mirado a los ojos y me hubiera preguntado cómo era.

Porque los que son como usted, nos pueden quitar muchos derechos, casi todos de hecho. Deciden si somos aptas para trabajar,  qué medicación debemos tomar e incluso, si la cosa se complica, tienen en sus manos nuestra propia libertad y el Estado les concede la posibilidad de internarnos. Pero que nunca, nadie, bajo ningún concepto, nos quite al menos el derecho a sufrir bonito.