[Compartimos hoy esta colaboración que recibimos en el correo ([email protected]) y ahonda en el pensar y pensarnos en la relación con nuestros afectos y vínculos desde nuestras particularidades, dificultades o sentires propios; y también desde haber recibido o no determinadas violencias, etiquetas diagnósticas o expectativas sobre cómo nos relacionaríamos en nuestras vidas. Aclaramos también que los resaltados en negrita y los enlaces son añadido de la Redacción de MIAH, y que la autora escribió el texto utilizando el género neutro (ella usaba la x; para favorecer la accesibilidad a personas que utilicen lectores de pantalla de acuerdo con ella la hemos cambiado por terminaciones en -a, -o, -e, siendo esta la utilizada con más frecuencia en el texto). Recordamos también que, como siempre, nuestro correo está abierto a recibir nuevas propuestas de colaboraciones que queráis hacernos llegar.]

No sé qué vino primero. Si mi consciencia respecto de mi condición neurodiversa o la convicción de que la monogamia era otra forma de violencia ejercida como norma impuesta sobre las personas. Es difícil dibujar esa línea pero a partir de la conjunción de estas dos tomas de consciencia comenzó un arduo y solitario –espero que no por mucho tiempo- camino de introspección y deconstrucción (por favor, que en algún momento se termine la deconstrucción y empiece la re-construcción). ¿Es posible construir vínculos afectivos –y digo afectivos porque entiendo que el sexo de por sí es una manera de afectar/nos- amigables, libres y respetuosos cuando la condición neurodiversa deviene, en gran parte, de condiciones socioambientales degradantes y violentas? He aquí el desafío, que no es menor, pero que se complejiza aún más cuando pensamos en vínculos abiertos entre personas neurodiversas y personas neurotípicas. ¿Son posibles estos vínculos? Lejos de ensayar respuestas, y ante la falta no ingenua de material acerca de este tema, propongo algunos interrogantes que nos ayuden a pensar/nos un poco.

Fui diagnosticada hace unos dos años y medio con Trastorno Bipolar y DRE -Desregulación Emocional- más conocida como TLP -Trastorno Límite de la Personalidad, término que desde hace muy poco he comenzado a desandar, por lo rígido de su diagnóstico. Son estas condiciones que me acompañan desde la adolescencia, sin que yo lo supiera. Claro que había indicadores -miles- pero nadie cerca que pudiera siquiera plantar una duda acerca de que lo que me pasaba no era por ser una adolescente rebelde e intratable -o sea, no era solo por eso. Tuve una vida bastante de mierda, y unos vínculos tóxicos que se sucedían una y otra vez reiteradamente a lo largo de mis distintas etapas del ciclo vital, comenzando obviamente por el vínculo con mi progenitor –classic.

Durante la mayor parte de mi vida tuve la convicción de que en algún lado del globo terráqueo se encontraba el amor de mi vida, mi otra mitad y que estar en pareja era sinónimo de entrega total y fidelidad indiscutible. Alrededor de los 17 años comencé tímidamente a transitar el camino del feminismo, que vino a traer aún más caos y confusión a mi vida. Con los años todo se iba volviendo más claro y asertivo, pero sin embargo, no lograba aplicar todo aquello en lo que creía fervientemente a mis vínculos en la vida real. Fui diagnosticada a los 30 años, en el medio de una de las crisis más grandes de mi vida, con varios intentos de suicidio, una internación manicomial y una internación de casi un año en un hospital de día. En este momento hubo una ruptura en mi relación con el feminismo hegemónico, y me vi enfrentando -entre otros duelos- el duelo de sentirme excluida y expulsada del propio movimiento feminista hegemónico. Me di cuenta de que el feminismo escondía en el fondo de sí una violencia casi invisible, y avalada por todes, que era la violencia capacitista. A pesar del dolor que me generó este abandono -y con lo que implica el abandono para las personas con DRE- entendí que mi lugar estaba en otro lado, una vez más, con las minorías inadaptadas. Comencé a transitar el proceso de construcción de mi identidad loca y neurodiversa y a relacionarme con personas que atravesaban la misma segregación múltiple que yo. Y así, en este proceso complejo y laborioso, me encontré frente al desafío de vincularme afectivamente desde otro lugar, distinto al aprendido, distinto al enseñado. Entonces de repente me encontré frente a la deconstrucción del amor comprendido desde la monogamia, entendiendo a la misma como único sistema válido y posible de vincularnos. Y por otro lado, me encontré desarmando e interpelando todo aquello que desde la psiquiatría y la psicoterapia me decían que podía ser moderado más no erradicado (no hablan de aprender y desaprender), y que condicionaba directamente mis intenciones de vincularme de modos más libres y saludables. Dicen del TLP -o DRE- que se caracteriza -entre otras hermosas cosas más- por relaciones interpersonales inestables e intensas con alternancia entre idealización y devaluación, inestabilidad afectiva debido a una gran reactividad, y esfuerzos desesperados para evitar el abandono. De ser así, ¿es posible entonces practicar el amor libre en connivencia con condiciones que afectan directamente nuestras habilidades psicosociales?

Lamento desilusionarles, en verdad no lo sé. Pero con la necesidad de que mis experiencias últimas sirvan de algo, propongo interrogantes y esbozos de respuestas que nos ayuden a orientar nuestros análisis ante la urgencia de desarmar la normalidad y la monogamia, como mandatos internalizados que tanto daño nos causan. Mi primera pregunta entonces es ¿es acertada la concepción de que las emociones son algo natural, que no están mediadas por lo social? ¿O no es la manera en que sentimos, algo mediado por el contexto socio histórico? De ser así, hay una falta importante desde la terapia cognitivo conductual en “educarnos en las emociones”, aislando estas emociones de las maneras en las que los modos de sentir se construyen. Suele pasar que en nuestro intento torpe de socializar nuestros dolores y hacerlos comunitarios -en un contexto en el que cada vez más se responsabiliza a la persona de lo que le sucede, en términos exitistas de logros o fracasos- la persona o las personas con las que nos estamos vinculando, devengan en críticas acerca de nuestro egoísmo por exponer los malestares que, inevitables, aparecen cuando nuestras estructuras psíquicas y nuestros intentos por vincularnos de manera efectiva chocan. Y con respecto a esto pueden suceder múltiples cosas. O la persona vincula inmediatamente nuestro malestar o incomodidad con nuestra condición mental, o… sí, lo hacemos nosotras mismas. Y aquí radica uno de los ejes, creo, de nuestro des-aprendizaje. Esa tendencia a culparnos por lo que sale mal o no sale como esperábamos, a responsabilizarnos, porque estamos acostumbrades a que siempre, la culpa es nuestra, por estar rotes. Y entonces inconscientemente también habilitamos a la otra persona a depositar las culpas o responsabilidades compartidas, en nosotres.

La realidad es que lo que necesitamos no es fácil. Necesitamos comprensión y cuidado –¿quién no?-, pero no sobreprotección o infantilización al punto de decidir por nosotres qué es lo mejor para nosotres. ¿Cuáles son los límites en los cuidados? Creo que en esto hace falta mucho diálogo y sobre todo mucha paciencia. De repente igual, yo también me animo a preguntarme si realmente es posible construir vínculos poliamorosos y libres entre personas locas y personas neurotípicas, cuando está en la estructura de la neurotipia, el capacitismo que nos discrimina y nos ubica en un lugar de incomprensión e incapacidad. ¿Será que no es que no podamos vincularnos afectivamente desde el paradigma del amor libre siendo locas, sino que lo que no podemos es vincularnos con personas neurotípicas, sea de la manera que fuera?

Briggite Vasallo dice que tenemos unas teorías sexys que a la hora de aplicarlas no acuerdan con lo real. Que el miedo no es algo que nos inventamos porque somos malas personas. Es algo que resulta inevitable cuando nos afectamos con otres. Nosotres nos podemos habilitar un contexto en el que deseamos y queremos sin jerarquías relacionales, en el que sea posible vivir de otra manera, pero ¿cómo construimos esto con otres que patologizan nuestros miedos y debilidades? Amor libre no es sinónimo de avalar el abandono, el sufrimiento emocional porque eso es “del otre”. El abandono por negligencia en el poliamor EXISTE. En este sentido, es imprescindible que no romanticemos el amor libre como si fuera un punto de llegada ideal que no precisa de ningún esfuerzo. Es este el triunfo del capitalismo a través de los afectos. Si creemos en desmontar la monogamia, pero en vez de eso, desmontamos la pareja como único refugio, para ir por el mundo como personas individualizadas que no se preocupan por nadie, estamos al horno.

Todavía resta mucho camino en términos de responsabilidad afectiva.  Entonces, ¿cómo socializar nuestros malestares sin coartar la libertad del otro? ¿Cómo hacerle entender al otro que nuestro sufrimiento y la manera en la que experimentamos lo que sentimos no es algo que le estamos haciendo a él, ella o elle? Que no es una manera de condicionar su libertad, sino una búsqueda de seguridad compartida. Y seguridad en términos de refugio afectivo, de vínculo en donde el afecto también es poner sobre la mesa nuestro terror al rechazo y construir redes de apoyo que nos aguanten en el proceso.

Nadie nos enseñó a vincularnos de otra manera que no sea desde la dependencia emocional y el control del otro. Pero a nosotres, además, nadie nos enseña que podemos sentir como sentimos y que eso está bien, aunque sea diferente a cómo la mayoría siente. Tenemos un doble trabajo, que se ve imposibilitado si no es realizado con el otro, la otra, el otre. No podemos desaprender soles. No sabemos bien cómo hacerlo. Y entonces necesitamos que quienes se vinculen con nosotres tengan la amorosidad y la paciencia suficientes para acompañarnos en ese camino, entendiendo que es un proceso inacabado y no desprovisto de contradicciones.

Creo que a veces en nuestra tendencia a la autoexigencia, somos responsables de mostrar una fortaleza y una autocrítica demasiado forzosa al resto de las personas, y cuando aparecen nuestros miedos, inseguridades o incluso celos, somos condenadas sin piedad y señaladas como incongruentes. Como leí ayer en una nota hermosa que escribe una persona neurodiversa cuyo pseudónimo es Soleá Kecamina, “Queremos estar seguras de que merecemos disfrutar, y también de que podemos encajar que algunas historias no son para nosotras, sin engaños ni autolesiones, sean conscientes o inconscientes.” Y finaliza la nota con una pregunta: “Al final son todo miedos, el miedo que nos da la realidad a las personas rotas, porque siempre pueden romperte de nuevo, y de una forma más perversa que la anterior. O romperte tú sola, casi sin ayuda, porque total, la inercia te lleva por ese camino. Entonces, ¿cómo construimos relaciones que nos reconstruyan los pedazos en lugar de rompernos más?”. Creo que no hay fórmulas ni las habrá, que es parte de esta construcción nueva ser más amorosas y amables con nosotres mismes y nuestros tiempos –que no son los productivistas-; poder interpelar -así sea nuestra psiquiatra o nuestra psicóloga- a todes aquelles que aseguran que nuestro diagnóstico es un impedimento para la construcción de vínculos libres, abiertos y saludables; y, por sobre todas las cosas, empezar a validar nuestras emociones y dejar de ser receptáculo de las cagadas que se mandan los demás. Al fin y al cabo, no tener un diagnóstico psiquiátrico, en este contexto, no es sinónimo de estar menos rote que nosotres.

[La imagen que encabeza el post es de Peggy und Marco Lachmann-Anke , del banco de imágenes de uso libre disponible en Pixabay]