Texto originariamente publicado en Mad In America (11 de marzo de 2016)

 

Las historias son, por naturaleza, lineales. Comienzan, se desarrollan, se acaban. Pero las historias no son iguales que la vida. Las historias buscan dar sentido a la vida, poner orden en un bombardeo de pensamientos, sentimientos y acontecimientos que, de otra manera, resultarían abrumadores. Las causas y los efectos casi nunca encajan tan perfectamente como en las historias que contamos. Pasó A, por tanto pasó B. ¿Qué A, o confluencia de Aes me llevó a ingresar en una sala de psiquiatría en Nueva York en 2009? ¿O a mi diagnóstico de lupus en 2011?

Me pregunto si realmente importan, las causas de las cosas. Saber que me caí por la escalera no me va a ayudar a desplazarme con una pierna rota. La mente se queda solo ligeramente aliviada por la lógica de las consecuencias, pero luego empieza el cuestionamiento real. Así que tengo la pierna rota porque me caí por la escalera – ¿y ahora qué?

Tengo mis teorías sobre mi propia serie de Aes. La mente y el cuerpo están conectados de manera intrincada, a pesar de que existan diferentes palabras médicas para cada uno. Creo que mi mente suicida y mi cuerpo suicida no son dos cosas separadas. Y no creo que necesariamente el uno haya creado al otro. Puede que solo sean dos diferentes expresiones del mismo trauma enraizado, el miedo y la soledad y la rabia que sentí como niña, que nunca se habían expresado. Así que desarrolló su propia voz, el dolor. Y retumba ahora en el espacio ecoico de mis células, de mis pensamientos, de mi ser.

Durante mucho tiempo quería morir porque no podía lidiar con mis sentimientos. O el dolor era demasiado o las herramientas que tenía para sobrellevarlo no eran las adecuadas. O las dos cosas. No tenía ninguna protección – todo me hacía daño. Siempre he sido emocionalmente sensible, con una tendencia a sentirme abrumada. Mi percepción sensorial a veces es perturbadora: los colores demasiado radiantes, los sonidos demasiado altos, los olores muy penetrantes. Durante mi crisis tenía esta sensación abrumadora todo el tiempo. Vivía con mis amigas Elinor y Sachi: Elinor recuerda encontrarme en casa llorando en el sofá, diciendo no puedo salir fuera, no puedo caminar por la calle, no puedo continuar. Estaba emocionalmente cruda, abierta, vulnerable. El mundo era cruel, peligroso y desesperadamente triste. Las cosas que antes apreciaba en mí – mi capacidad de observación, mi fascinación por el mundo, mi amistad con los demás, el amor por la lectura y la escritura – ahora parecían la evidencia de un despreciable privilegio. Mi educación, mi todo, no era merecida, fue malgastado en mí.

Recuerdo no poder dejar de llorar. En el metro, en la acera, desayunando cereales en la cocina que compartía con mis dos queridas amigas. Le dije a Sachi: Esto no es normal. No creo que sea normal. Estaba atemorizada y disociada. Perdí mi habilidad de conectar, de comunicar. Hice planes para acabar con esto. Pasé un mes escribiendo una carta, un manifiesto, una racional y detallada autobiografía-nota de suicidio. Un amigo se acababa de suicidar – no fui capaz de ignorar las olas de dolor que tal acción puso en marcha. Así que no pude ahorcarme o tirarme delante de un tren con la conciencia tranquila. Tenía que parecer al menos un poco accidental. Empecé a beber, a drogarme, y a mezclar las dos cosas cada vez más desenfrenadamente.

Madison 5 probablemente no era la peor sala psiquiátrica del mundo. Sus paredes de color mostaza y sus puertas cerradas normalmente me habrían agobiado, pero después de unos primeros días en la cama, catatónica e indolente, empecé a mezclarme con algunos de los demás pacientes, incluso hice algunos amigos, y me sentí bienvenida en el mundo social de la sala psiquiátrica. Fue la experiencia de igualdad más grande que había tenido nunca (entre pacientes), pero en ningún momento quise quedarme más de lo que debía. Mi compañera de habitación era una mujer mayor, hispana, que me hablaba tarde por la noche – algunas veces siento tanto dolor en el corazón, es como si me apuñalaran con un cuchillo, así que vengo aquí un tiempo. Mis amigos me venían a visitar con regalos de comida. El olor del otoño en sus caras frescas permanecía cuando nos dábamos un abrazo. Mi alta dependía de mi colaboración y obediencia – tenía que tomar las pastillas que me daban los médicos. Lo hice. Marcaba sus casillas.

Los fármacos me ayudaron, pero hasta cierto punto. Me estabilizaron hasta el punto de poder desafiar mis procesos de pensamiento, confrontar mi historia, experimentar diferentes maneras de contar mi historia. No había tomado antidepresivos o estabilizadores de ánimo antes; siempre había sido precavida con las drogas psiquiátricas, sentía que de alguna forma me harían NO SER YO. Yo sostenía que mis pensamientos, emociones y sensaciones eran partes intrínsecas mías, así que al drogarlas tenía miedo de volverme menos yo, inauténtica de alguna manera. Una postura algo hipócrita, considerando mi temeridad consumiendo grandes cantidades de sedantes, analgésicos, anfetaminas y alcohol que me llevaron al ingreso hospitalario.

Después de unos meses en el hospital y rehabilitación, un amigo de mis días en la India me envió con buena intención una copia de La Política de la Experiencia de R. D. Laing. Según él: la psicosis temporal en el camino espiritual podría ser una experiencia importante y enriquecedora. Según yo: cualquier noción de la locura como construcción social u oportunidad de auto-exploración no podía haberme ayudado a superar la crisis en la que me encontré.

De ser alguien firmemente en contra de la intervención farmacéutica, pasé a estar dispuesta a probar cualquier cosa. Pero el proceso de probar diferentes fármacos fue agotador, y a veces aterrador. Finalmente, después de seis meses haciendo de conejillo de Indias, la combinación de Wellbutrin (*Bupropion-antidepresivo) y algunos fármacos más, empezó a marcar alguna diferencia.

Quería saber cómo acabé con esta pierna rota.

Vi a un psicoterapeuta, y a un psicoanalista. Aprendí que mi trastorno de personalidad y mi depresión maníaca podrían tener sus raíces en la pérdida irremediable y en el conflicto que dieron forma a la topografía de mi vida temprana. La falta de estabilidad y de confianza me llevó a una profunda inseguridad. Tengo miedo de que todos me abandonen porque en el pasado lo hicieron. Así que no confío en nadie, ya que la intimidad con alguien le otorga el poder de abandonarme. Estoy mejor sola.

La medicación me permitió fijarme en patrones de pensamiento que me llevaron a conductas auto-destructivas. Una vez mapeada la naturaleza de mis relaciones interpersonales pude empezar a cuestionar mis hábitos, probando nuevas perspectivas, nuevas formas de tratar con personas y situaciones. Tuve la fortuna de trabajar con un psiquiatra perspicaz y de mente abierta, pero hubo un tiempo y un lugar para ese trabajo. Es todo lo que pudo hacer por mí.

Mi primera relación larga comenzó a finales de 2010. Empecé a ponerme mala físicamente más o menos en ese tiempo. Tenía dos trabajos en restaurantes, dobles turnos, así que no me sorprendió que me sintiera cansada. Todo el tiempo. Pero cuando llegó el siguiente verano, mi cara se pelaba. Me puse febril, propensa al agotamiento repentino, y sabía que algo no iba bien. Fui a varias clínicas. Nadie tenía respuestas. Un dermatólogo me cortó un pequeño trozo de piel, de la mejilla. Me hizo dos puntos. Unas semanas después escuché la palabra “lupus” por primera vez.

Un médico me dijo que probablemente fue inducido por los fármacos. Que tenía que dejar de tomar Wellbutrin inmediatamente. Lloré en su despacho. Me había llevado tanto tiempo encontrar algo que funcionaba, que introdujo una especie de barrera entre la desesperación y yo. El abismo.

Después de numerosas pruebas, resultó que mi lupus no fue causado por el Wellbutrin, así que volví a tomar Wellbutrin durante unos años más. Nunca sabré si la larga lista de fármacos psiquiátricos que entraron en mi organismo precipitaron mi enfermedad o si me perjudicaron de alguna forma.

¿Acaso me hice enfermar yo misma odiándome durante tanto tiempo? El lupus es una enfermedad autoinmune al fin y al cabo. El cuerpo se ataca a sí mismo.

Al considerar la etiología de la enfermedad y la posibilidad de recuperación, con frecuencia se me recuerda que el lupus no tiene cura, que el trastorno bipolar no tiene cura, que tengo que aprender a vivir con ellos, como aprendería a vivir con unos vecinos repugnantes. Con la crucial diferencia que de aquí no me puedo mudar. Mi cuerpo es mi cuerpo, mi mente es mi mente, y son mi única casa. No tengo otro sitio donde ir.

A veces pienso en mi cuerpo como un coche estropeado, en mi mente como un edificio en llamas.

Sólo quiero salir de aquí.

¿Si alguna vez deseo que mi enfermedad se vaya? Sí, todo el rato. Pero, ¿quién sería yo sin ella? La “recuperación” supone un regreso. El prefijo “re-“ sugiere que alguna cosa del pasado va a ocurrir de nuevo. Pensad en “revertir”, “reactivar”. Un yo anterior puede ser reclamado, una vida interrumpida puede reanudarse. Pero no hay manera de volver a quien fuiste antes.

En su libro El cuentista herido, Arthur Frank alude que hay tres tipos básicos de narrativa de la enfermedad: la narrativa de la restitución (recuperación de la salud perdida), la narrativa de la misión (transformación personal, algo que se puede obtener de la enfermedad) y la narrativa del caos (anti-narrativa vivida de manera habitual por los enfermos crónicos). Las narrativas populares sobre la enfermedad tienden a ser del tipo de la restitución: estaba viviendo mi vida, me enfermé, luego mejoré y continué donde lo había dejado. Sin embargo, esta idea de que la salud perdida se recuperará, que la salud enferma es un viaje al bienestar, no ayuda a alguien con una enfermedad crónica o una discapacidad a contar su propia historia, que a lo mejor no tiene un (clásico) final feliz. La noción de la “recuperación” puede resultar perjudicial cuando el regreso a la salud no está garantizado – cuando a lo mejor ni siquiera es posible.

¿Y si consideramos la recuperación como un proceso en lugar de un destino? Una persona evoluciona continuamente, está comprendida dentro de una constelación de relaciones que cambia constantemente, de recuerdos y de historias que forman su sentido de identidad. Una crisis, un diagnóstico, crea una ruptura violenta en la historia que nos hemos estado contando a nosotros mismos. Esto no debía haber pasado. Nuestra narrativa lineal de A-B–C se ve disuelta dentro de un revoltijo de sonidos y símbolos, cuyo sentido estamos presionados a adivinar.

Cuando siento que me deslizo hacia patrones suicidas familiares, trato de enfocarme en mi trabajo creativo. Poemas, dibujos, collages. Pequeños fragmentos de un proyecto vasto y sin nombre. Por el momento estoy creando mis piezas con el foco en el círculo y la circularidad. Medito sobre un collage de una carretera circular, y luego vuelvo a concentrarme en el presente.

La idea de que los problemas psicológicos se producen solamente a partir de desequilibrios químicos en el cerebro pasa por alto la historia humana, las circunstancias individuales y el nexo de experiencias, ideas y lenguajes que rodean a cada persona. Decía que tener en cuenta cómo te rompiste la pierna no ayudará a que se cure, pero sí te ayudará a evitar que se rompa de nuevo. La “recuperación” muy a menudo se juzga en términos externos y económicos – ¿eres capaz de trabajar? ¿Eres capaz de funcionar? Pero mientras la psiquiatría sí ha salvado mi vida de manera temporal, mi vida biológica y el latido de mi corazón, no ha hecho nada por mi alma. Ahora encuentro más aplicable a mí el trabajo de Laing, y de otros que se oponen al modelo médico de la enfermedad mental. Intento permitirme vivir plenamente y descubrir el sentido en mi enfermedad mental y física – aunque opongo resistencia en muchos niveles, sé que tiene algo que enseñarme.

El problema con la psiquiatría, con la medicina alopática en general, es que es demasiado específica y enfocada en el síntoma. Se ignora el contexto más amplio. Todavía estoy buscando un abordaje holístico que considere todo mi yo: mis aspectos físicos, mentales y emocionales, el valor de mis 28 años de historia personal, y mi lugar dentro de historias familiares, políticas y culturales interconectadas. Un abordaje que me apoye en mi plenitud.

Para mí, la “recuperación” es aceptar que no soy la que antes fui, que aquella persona ya no está. Es un proceso de luto por mi yo perdido, la persona que fui antes de enfermarme, y la aceptación de un yo cambiado, permanentemente emergente. Estoy aprendiendo a no aferrarme a esperanzas de salud, de cura, de rehabilitación, sino a prestar más atención a las posibilidades únicas del presente mientras se va revelando. Es un proceso de re-escribir continuamente mi historia, de crear una narrativa nueva, no lineal. Esto no pasa sin oscuridad.

En japonés, la palabra kintsugi significa “remendar con oro”. Un jarrón de cerámica roto se repara en lugar de ser desechado. Los mismos arreglos son hermosos y hechos visibles deliberadamente. Tal vez la medicina puede aprender de este concepto y ayudar a las personas a comprender que curarse no es una cuestión de ocultar sus grietas, sino de aceptar que las grietas son parte de quienes son. A luchar por su salud, pero valorar que el daño y la enfermedad son marcas creadas por la vida. A darse cuenta de que, aunque a veces uno puede volver a poner las cosas en orden, nunca más serán lo mismo. Y honrar el valor perdurable de las cosas rotas.

 

 

Traducido por Anastasia Leontopoulou.