Clifford Beers se había graduado en la Universidad de Yale (Estados Unidos) cuando sufrió su primer episodio de trastorno bipolar. Corrían los primeros años del siglo XX. Su hermano acababa de morir. Él intentó quitarse la vida saltando por la ventana de un tercer piso. Estuvo ingresado durante tres años en hospitales psiquiátricos públicos y privados, donde padeció el trato inhumano y las deficiencias en la atención que se daba a los llamados enfermos mentales. Fue un testigo privilegiado de los terribles abusos que sufrían las personas internadas por parte de aquellos que, supuestamente, tenían que cuidarles, y también los experimentó en su propio cuerpo: estuvo metido en una camisa de fuerza durante 21 días seguidos.

Cuando salió del hospital, decidido a denunciar el maltrato recibido, publicó un libro autobiográfico, A Mind That Found Itself (1908), cuyo impacto propició que se iniciara en Estados Unidos el movimiento de reforma de las instituciones psiquiátricas.

Un año después, Beers, junto con el psicólogo William James y el psiquiatra Adolf Meyer, fundaron el Comité Nacional para la Higiene Mental (CNHM), que se convertiría posteriormente en el Comité Internacional para la Higiene Mental (CIHM). El objetivo principal era reformar la asistencia.

En 1939, a raíz de un agravamiento de su sufrimiento psíquico, Beers fue nuevamente internado en un hospital psiquiátrico, donde permaneció hasta el final de su vida.

Después de la Segunda Guerra Mundial, con la constatación de las secuelas que había dejado la guerra en la población, la nueva junta directiva del CIHM añadió a sus objetivos la promoción de la salud mental en general.

Poco después, en 1947, se creó, a partir del CIHM, la Federación Mundial de la Salud Mental (FMSM), que fue pensada como un organismo no gubernamental que buscaba establecer puentes entre las organizaciones de salud mental de diferentes países y las agencias de Naciones Unidas. La Federación aceptó como nuevo objetivo promover para todas las personas y naciones el mayor nivel posible de salud mental en sus más amplios aspectos biológicos, médicos, educativos y sociales. Entre los artífices de esta nueva visión se encontraban el primer director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el psiquiatra estadounidense Harry Stack Sullivan y la antropóloga Margaret Mead. Ninguna voz en primera persona estuvo presente. Ya no había nadie que, como Beers, hubiera sufrido los abusos de los tratamientos en psiquiatría. El objetivo inicial del movimiento empezaba a diluirse.

Actualmente, la FMSM cuenta con asociados de 150 países, entre ellos España, a través de la Confederación Salud Mental España, formada a su vez, principalmente, por asociaciones de familiares. Según informa la FMSM en su página web, sus principios nucleares siguen vigentes y quedan reflejados en las actividades que promueven, como el congreso bianual que celebran y ciertas iniciativas que buscan eliminar los prejuicios sobre los trastornos mentales.

Entre los principios que defiende la Federación se encuentran la participación de los familiares, cuidadores y usuarios de los servicios de salud mental en todos los departamentos de salud y servicios sociales, así como en los comités de los países miembros, y la denuncia de la vulneración de los derechos humanos, la mala praxis o la discriminación.

Que sepamos, estos principios señalan objetivos que no están conseguidos. Las Consejerías de Salud y Servicios Sociales siguen formadas únicamente por profesionales, y la participación de personas que han recibido tratamiento en salud mental en el diseño y la gestión de los servicios es prácticamente inexistente. Además, es difícil imaginar cuál es el nivel de participación de los usuarios en los comités de los países miembros cuando en España, por ejemplo, las palabras más empleadas para describir lo que hacen las asociaciones que conforman la Confederación son “psicoeducación” y “respiro familiar”. Y es más difícil aún imaginar cómo sería esa participación en primera persona si tenemos en cuenta que todavía defienden la hegemonía del modelo biomédico, que ampara la sobremedicación de las personas diagnosticadas.

Fue la FMSM la que escogió, hace 25 años, el 10 de octubre como día de la salud mental. El lema de este año es “Trabajar sin máscaras, emplear sin barreras”. Nos ha resultado imposible localizar en él algún rastro de denuncia ante los abusos y la tortura que han sufrido y sufren las personas psiquiatrizadas. No lo decimos nosotras, lo cuenta el relator de la ONU en su informe. Esto es grave. No se puede poner el foco en la contratación de personas diagnosticadas mientras otras siguen muriendo atadas a la cama del hospital. No se debería priorizar el empleo sin haber cuestionado antes los tratamientos existentes, porque animar a alguien a trabajar bajo los efectos de un tonel de fármacos puede ser también una forma de violencia.

Por eso, la única explicación que tenemos para entender por qué la Federación Mundial de la Salud Mental ha elegido este eslogan es que no le interesa cambiar nada. Y pensamos que esto está íntimamente relacionado con la ausencia de las voces de los principales protagonistas en todos los órganos de decisión.

Porque si de verdad se tratara de promover la salud mental en la población, habría que hablar de la violencia que ejerce el sistema sobre todos nosotros. De la necesidad de adaptarnos a condiciones de precariedad laboral para subsistir. De la obligación de maximizar el rendimiento sacrificando nuestra vida personal. Del miedo a parar y a quedarnos fuera. De la ausencia de vías de escape. Del olvido del cuidado mutuo porque carece de valor mercantil. Del agotamiento generalizado. De los factores sociales que provocan las bajas por ansiedad y depresión. De la necesidad de regresar a la cadena de producción para sentirnos normales, aunque sea a costa de ir hasta arriba de psicofármacos. De cómo enfermarse es una manera de decir “no puedo más”.

Tendríamos que hablar de los que están sacando partido de todo esto.

Pero si esto es demasiado, si aún no estamos preparados para integrar el sufrimiento como parte de la vida y entender la locura como un dolor que se desborda, al menos la lucha tendría que seguir siendo por los derechos fundamentales, que aún no están garantizados, para que no haya más muertes en las plantas de psiquiatría, y para que cada vez sean menos las personas que pierden su vida enredadas en tratamientos ineficaces sin posibilidad de decir basta.

Es precisamente en esa lucha fundamental donde vuelven a ser ellos, los que han sufrido directamente la violencia de los tratamientos, los que consiguen que se recuerde a las víctimas silenciadas y maltratadas en los servicios de salud mental. A través de diversas acciones, en muchos lugares diferentes del mundo, los supervivientes de la psiquiatría llaman la atención sobre los derechos vulnerados, destapando una realidad que iniciativas como el día mundial de la salud mental se ocupan de invisibilizar.

Así que nos juntaremos, pero no cuando nos dicen, sino cuando nosotras queramos. Por fuera de su sistema, inaugurando la posibilidad de una reivindicación real, utilizando nuestros cuerpos y nuestras voces para intentar comprender lo que ha sucedido y no volver a repetirlo nunca.

 

Concentración convocada por la Federación Andaluza de Asociaciones de Salud Mental en Primera Persona y SAPAME (Salud Para la Mente, Asociación de Usuarios de Salud Mental de Granada), el 4 de octubre de 2017.

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